La isla de los sueños perdidos

CARLOS R. GALINDO

Lesbos como metáfora de la vida. Jamás el cielo y el infierno estuvieron tan cerca. En el corazón de esta isla griega situada a unos 10 kilómetros en línea recta de Turquía, se encuentra el campo de refugiados de Moria, un antiguo campamento militar, punto de confinamiento de quienes tratan de llegar a Europa tras huir de zonas de conflicto como Siria, Iraq, Irán, Afganistán, África subsahariana…

Moria es un lugar infame en el que la esperanza se transforma en puro engaño. Un infierno. Un limbo legal cuya capacidad (2.500 personas) se ve ampliamente superada hasta alcanzar las 9.000. No hay escapatoria posible. “Ahora lo sé. Hubiera preferido morir antes que llegar a Lesbos”, explica un refugiado sirio. Morir, esa es la palabra. Este campo exhibe la peor versión de Europa. Y lo hace sin maquillajes, sin contemplaciones;  la Europa que paga, calla y mira hacia otro lado con vergonzante indiferencia. Es el triunfo de la miopía, el éxito de la política sin alma, sin corazón, sin humanidad… Europa también se muere un poquito con cada muerto que se traga el Mediterráneo.

Siete días en Moria dan para mucho. Las condiciones higiénico-sanitarias del campo son deplorables y apenas existe el respeto por la vida. El olor, a veces, es irrespirable fruto del aire que emana un canal de aguas sucias y pestilentes que fluye ante la puerta principal del recinto. Moria también son palizas, agresiones, reyertas, violaciones, abusos y, sí, suicidios. Incluso los niños se quitan la vida.  Una frase lo resume todo: “esto es peor que una cárcel; es un infierno”. La frustración de quienes lo han perdido todo es enorme. Por eso, este campo es una bomba de relojería. No saber a dónde podrán ir ni cuál será su destino les lleva a un estado de rabia incontenible . De ahí que algunos beban y consuman drogas. Necesitan evadirse, huir de su realidad.

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