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Ruber Osoria

Un inmigrante tras la cámara

En 2018 migré a Chile en busca de un buen trabajo con el objetivo de comprar mi primera cámara y continuar con mi pasión fotográfica, que seguía creciendo día a día. Pasé por 4 países en menos de un mes.

Fui víctima de la trata de personas, la sed, el hambre y el miedo. Al caer en manos de los traficantes, podría haber sucedido cualquier cosa inesperada. Finalmente llegué a mi destino como un migrante indocumentado. Nunca me había imaginado vivir en Chile y mucho menos trabajar allí. Era un sueño imposible para un joven como yo. De hecho, aparte del fútbol, ​​los poemas de Neruda y algunos lugares emblemáticos como el desierto de Atacama, no conocía nada de este país.

La ciudad de Concepción, en la región del Biobío, al sur de Chile donde ahora vivo después de emigrar desde Cuba, experimentó una gran conmoción. Sufrió un terremoto de 8,8 grados de magnitud el 27 de febrero de 2010. Después fué golpeada por un tsunami. Pero lo que aconteció en 2019 y 2020 fue un auténtico sismo humano gestado, quizás, durante las últimas tres décadas.

Gracias al dinero ganado con los primeros trabajos ilegales, pude comprar una cámara de segunda mano. Era una Sony A58, mi primera cámara con varios objetivos con la que, unos meses después, fotografié la revolución social recogida en esta serie titulada: ‘Chile: el otro terremoto’.

Este trabajo fotográfico es mi diario de vida por esos días. Es un reflejo de lo que viví como persona, como observador, como oyente, como fotógrafo ilegal que ha sufrido y ha sido maltratado para conseguir el sueño de una vida mejor, de la misma forma que, el pueblo chileno se revolvía en las calles por años de abuso social. Esta es la historia contada en imágenes por un inmigrante indocumentado, en una de las pocas ocasiones en las qué el inmigrante no es el objetivo a fotografiar, sino que está detrás de la cámara, capturando las escenas de violencia sufridas por el pueblo al que han baleado sus derechos.

 

 

Nací en el oriente cubano, en un pueblo de herencia taína, al que penetra sutilmente por la espalda un río maravilloso que da el nombre de Contramaestre a mi tierra amada, la tierra del último mambí y donde labaron sus cuerpos los tres grandes hombres en la historia de Cuba: Céspedes, Martí y Fidel.

Hijo de madre soltera, campesina, ejemplo de feminismo, mi madre, sin saber lo que era ser feminista, vivía en el pueblo de Maffo, en una casa de madera con piso de tierra. El 70 por ciento de la comida en nuestra mesa fue producido por las manos de mi madre porque, en lugar de plantar flores y rosas, plantó plátanos, maíz, frijoles y una infinidad de cosaspara sobrevivir en el especial periodo que enfrentaba la revolución en esos momentos.

Mi familia es humilde y, la mayoría de sus miembros y los cubanos en general, percibimos a Estados Unidos como un país muy civilizado con gente rica, sofisticada y noble. El destino perfecto para migrar, más aún con todos los beneficios que pudimos obtener gracias a las diferencias entre Cuba y Estados Unidos. Beneficios como: la Ley de Ajuste Cubano “pies secos pies mojados”, entre otras leyes, que incitan a el pueblo cubano a emigrar por tal de conseguir el supuesto sueño americano o, mejor dicho, el sueño estadounidense, ya que americanos somos todas y todos. Algunas de estas leyes se vieron afectadas y la entrada ilegal de cubanos y de migrantes a Estados Unidos se volvió nefasta, aterradora. Fué así como surgió un nuevo destino para emigrar: Chile, el paraíso del neoliberalismo en América Latina.

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